AB Noticias – Lunes, 27 de abril de 2026.- El gobierno de Rodrigo Paz asumió con un discurso de cambio radical, prometiendo el fin del viejo Estado, el “Estado tranca” como lo llamaba. Sin embargo, a poco más de cinco meses de gestión, el diagnóstico que se hacía del país parece haberse convertido en la fotografía de su propia administración. La crisis del combustible, la debacle electoral y el creciente malestar social no solo evidencian que los problemas persisten, sino que las soluciones aplicadas han resultado más dañinas que las dolencias originales.
El caso más emblemático es el de la “gasolina basura”. Las investigaciones oficiales han identificado una supuesta red internacional que, al menos desde Chile, robaba y adulteraba el combustible destinado a Bolivia, mezclándolo con agua y aceite usado antes de su ingreso al país . Se calcula que unas 5.000 cisternas fueron afectadas, generando un perjuicio estimado en 150 millones de dólares . Sin embargo, más allá de las declaraciones y las denuncias penales contra exfuncionarios y una veintena de exempleados de la ANH , los afectados —transportistas, conductores particulares, pequeños productores— siguen sin una compensación efectiva tras meses de daños a sus vehículos . La propia institucionalidad del sector se ha visto sacudida por renuncias y cambios intempestivos: la conducción de la estatal petrolera duró apenas tres semanas y el ministro del área fue reemplazado en medio de la tormenta . Esto no es señal de control, sino la imagen de una administración atrapada por los acontecimientos.
En el plano electoral, el descontento se ha traducido en un contundente “voto castigo”. En la última elección subnacional, el partido de gobierno fue derrotado en ocho de nueve departamentos. Esta debacle es más que una simple derrota de candidatos locales: es una señal inequívoca de la desconexión entre la gestión gubernamental y las expectativas de la población. La ciudadanía ha comenzado a expresar su molestia en las urnas, y ese malestar ya no es solo un murmullo: se ha instalado en las calles y se está convirtiendo en resentimiento. Las largas filas en las estaciones de servicio y la incertidumbre sobre la calidad del combustible han saturado la paciencia popular .
El malestar ha calado hondo. Encuestas recientes revelan que la mayoría de los bolivianos desaprueba la gestión del mandatario y que la confianza en su capacidad para resolver los problemas económicos es mínima. La mayoría considera que el país va en la dirección incorrecta y percibe que su situación ha empeorado. Incluso sectores que antes respaldaban al oficialismo ya han anunciado que promoverán un revocatorio de mandato.
El gobierno ha intentado un “cambio de timón” con nuevas designaciones y la promesa de nuevas leyes, pero las evidencias acumuladas invitan a reflexionar. La confianza ciudadana, ese activo político más valioso, se ha erosionado. Si las recetas aplicadas hasta ahora se limitan a mover piezas en el tablero sin atacar las causas estructurales —la corrupción enquistada, la fragilidad institucional, la opacidad en sectores estratégicos—, entonces el remedio no solo no está funcionando: está agravando la enfermedad que prometió curar. El desafío para el gobierno ya no es solo administrar, sino demostrar que su gestión no es la continuidad de un ciclo de descontento, sino el inicio real de una transformación. Las señales, hasta hoy, no son alentadoras.

